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Marcial Maciel,Fundador de los Legionarios de Cristo y del Regnum Christi. (De una carta del 10 de marzo de 1993)
Recuerdo que me gustaba subir por las tardes a uno de los cerros afuera de Cotija, mi pueblo natal; y desde allí, conversando con Dios, contemplaba allá abajo, al pie de la colina, el cementerio con sus tumbas adornadas de flores, más allá, en el llano, los tejados rojos del caserío, y como hincado en medio de ellos, el campanario con la cúpula de la iglesia parroquial. Me preguntaba, con las palabras sencillas que puede haber en la cabeza de un muchacho de pueblo de 13, 14 años, qué es esto de vivir, si a fin de cuentas todos venimos acabando en una tumba. En ese cementerio yacían los habitantes de Cotija de otros tiempos. Unos pocos todavía arrancaban lágrimas de la viuda o de un huérfano prematuro. Otros, los más, abandonados en completo olvido. Unos habían vivido en la opulencia: grandes terratenientes o hábiles comerciantes. Otros, en la angustia de una miseria nunca vencida. Unos y otros habían agotado ya su existencia. De qué les habían servido a aquéllos sus riquezas? Y qué sentido había tenido la vida pobre y afligida de éstos? Y pensaba luego en los otros, en los vivos, los que trajinaban por las callejuelas y en la plaza principal, en las rancherías y en las haciendas vecinas; los que yo conocía y veía todos los días. Y pensaba también en los miles y millones de hombres que en otros pueblos, en otras ciudades, en otros continentes, tras los cerros aledaños, gastaban la vida en mil afanes, cada cual absorto en sus preocupaciones, desenmarañando la madeja indescifrable con que se teje la trama diaria de la existencia humana. Y pensaba que todos ellos andarían por esta tierra unos cuantos años, 20, 40, 80, tal vez más de un centenar; y al final, el misterio de la nada que parece engullir a los que se marchan. ¿Qué queda, pues, al cabo de la vida, si hasta el recuerdo de los mayores se diluye en la niebla de la memoria? Años después, al recordar aquellas tardes solitarias de oración en la cima de una colina, me sorprendí de que en aquella corta edad pudiera plantearme tan seriamente los interrogantes medulares de la vida. Y descubrí que sin duda alguna era Dios quien inspiraba y dirigía mis reflexiones, queriendo disponer mi ánimo y mi alma para la gran tarea que me iba a asignar. Eran las reflexiones que atraviesan de punta a punta la historia de la humanidad; los interrogantes que cada generación ha tenido que afrontar; los enigmas que han tenido que resolver todos aquellos hombres que no se resignan a un puro vegetar por el mundo y aspiran a darse alguna trascendencia. *¡Vanidad de vanidades! ¡Todo es vanidad, y atrapar vientos!+, predicaba Qohelet. *¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?+, inquiría Jesucristo a sus oyentes. Me daba cuenta de que yo podía escoger entre dos caminos. Uno, el camino fácil del "tirar adelante" por la vida, sin mayor preocupación: buscarme una buena fuente de recursos para mi sustento y, eventualmente, para asegurar el futuro de una familia; tratar de ganar buen dinerito; soslayar del mejor modo posible las penurias de la vida; y gozar al máximo los pocos años que tenía delante de mí. El otro camino se presentaba, con mucho, más arduo y escabroso. Se trataba de construir la vida, minuto a minuto, mirando hacia la eternidad. Tomar cada instante de mi tiempo como una oportunidad que Dios me concedía para hacer algo por Él y por el bien de mis hermanos. "Invertir", por así decir, cada segundo, en algo constructivo, en algo que sirviera para los demás, y me asegurara, además, la vida eterna. La opción era clara. Y así, sobre aquella colina, al cobijo del crepúsculo encendido, iba madurando en mi interior, tarde a tarde, la idea y el propósito de que yo tendría que gastar mi vida entera por algo que en verdad valiera la pena; por algo que no se fuera a terminar cuando otros sepultaran mi cadáver; por algo que dejara una huella profunda en la historia y en el mundo; en una palabra, por algo que pudiera llevar conmigo a la eternidad. Fue en ese clima interior donde se depositó, como en terreno abonado, el llamado de Dios a la vida sacerdotal, primero, y a emprender la fundación de la Legión y del Regnum Christi, después. Cuando ese llamado se me reveló, comprendí con claridad cuál había de ser el camino que yo debía recorrer para llenar en plenitud los años de vida que el Señor me quisiera conceder. Comprendí que el tiempo de mi vida en realidad no me pertenecía; Dios me llamaba a colaborar en su plan de salvación; lo importante, entonces, no era "mi" vida, ni "mi" realización, sino la realización del plan de Dios, del cual yo no era más que un eslabón. A la vez pude comprender que no era lo más importante la cantidad de tiempo que tenía a disposición. Por lo demás, a nadie le es dado saberlo de antemano. Entramos a la vida en un punto determinado, pero una vez que emprendemos el camino nos acompaña siempre la incógnita del punto final, y sólo se resuelve cuando éste llega. Pero, aunque no importase la cantidad, una cosa era cierta: cualquiera que fuese la duración de mi vida, en todo caso ésta siempre resultaría corta, muy corta, apenas un punto en medio de la eternidad; por muchos años que yo pudiese vivir, las necesidades de la Iglesia y de los hombres seguirían siendo inmensas, diría inagotables. Por lo mismo, lo importante y lo urgente era aprovechar con avaricia, del modo más inteligente y productivo, el tiempo presente, cada momento presente. Aquellas tardes de meditación en mi adolescencia, sobre una colina al sur de mi Cotija natal, me enseñaron también que las creaturas son medios que Dios me da para unirme a Él y alabarlo a través de ellas a lo largo de la peregrinación temporal. He podido disfrutar intensamente la armonía de la creación en todas las manifestaciones de su belleza. El despertar de cada nueva aurora, el canto de los pajarillos, el murmullo de un riachuelo, la mole imponente de las montañas, el vivaz colorido de las praderas en primavera, la brisa serena y fresca en las tardes otoñales, el cielo encendido de estrellas en las noches despejadas, toda la hermosura que la naturaleza me ofrece, me ha servido de camino para llegar a Dios. Y en el orden de las relaciones humanas, he podido apreciar el valor de la amistad sincera, la belleza de las almas agradecidas, incluso el afecto que muchas personas me han dispensado. Y sin embargo, por encima de todo eso ha prevalecido de manera absoluta y contundente mi arraigo total y exclusivo en Dios, la "roca" inamovible, eterna, que sustenta todas mis certezas, mis anhelos, mis seguridades; en Dios, el único Amor que me ha enajenado el corazón; en Dios, origen y meta única de mi destino temporal y eterno. Desperté pues, a la vida al salir de mi infancia, y me vi en un camino, casi todo aún por recorrer. Allá, en el horizonte, estaba la meta, muy clara: entregarme al amor de Jesucristo y predicar y extender su Reino entre los hombres. Los medios estaban también allí, aunque había que luchar por conseguirlos y encauzarlos hacia el objetivo. Y el ámbito en que me movería: un tiempo determinado, de duración desconocida; el tiempo de vida que Él hubiese establecido darme. Emprendí la marcha y apreté el paso. Cada segundo aprovechado me acercaba más a la meta. Cada segundo desperdiciado, me retenía alejado. Con esta conciencia, quise desde el inicio marcar mi existencia con el sello de la lucha sin tregua ni descanso. Habiendo experimentado la donación del amor infinito y misericordioso de Dios hacia mí, siempre consideré una grave injusticia y una falta contra el amor, el dejar perder un solo instante del tiempo de que disponía para hacer algo por Él. Mi lucha por el Reino nunca igualará en resultados la amplitud de mis anhelos; y ello me ha obligado, con las cadenas del amor, a darme sin pausa ni medida, sin perdonar fatigas ni quebrantos, buscando en todas mis empresas el máximo rendimiento con la mínima inversión de tiempo. Naturalmente sería de una fatuidad imperdonable si pretendiese arrogarme el mérito de lo que se ha podido hacer hasta ahora. En todos y cada uno de los pasos dados, ha resplandecido de manera palmaria la mano Providente de Dios Nuestro Señor. Bastaría hacer un repaso somero de nuestra historia semisecular para constatar la presencia continua, rectora, de Aquel que suscitó en la Iglesia la Legión y el Regnum Christi. Evidentemente ni la Legión ni el Movimiento son fruto del ingenio humano; y cualquiera puede comprobar la desproporción que hay entre el instrumento que Dios ha usado y el resultado que está obteniendo. Así como al contemplar una obra de arte a nadie se le ocurre alabar la calidad del pincel, sino la del artista que supo utilizar diestramente el pincel, así al contemplar a la Legión de Cristo y al Movimiento Regnum Christi hemos de alabar y agradecer a Dios, su verdadero y único autor. Lo que pretendo hacerles comprender es que, aunque Dios actúa como quiere, cuando quiere, y con los instrumentos que quiere, ordinariamente se vale de la colaboración libre y responsable de los hombres para realizar sus designios. Y también que aunque el hombre es un ser tan limitado en sus posibilidades, cuando vive y trabaja por Dios y unido a Dios, logra cosas verdaderamente inimaginables. Ésta ha sido y es mi experiencia personal. Yo se la comunico a ustedes porque pienso que tal vez a algunos podría serles útil conocerla, para darse cuenta de que quizás hasta ahora no han aprovechado su vida al 100%, pero a la vez de que, unidos a Dios Nuestro Señor, pueden hacer en sus vidas muchísimo más de lo que calculan y sospechan. |
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