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Junio: La Noticia
Capítulo 6

 

Era el último examen de la preparatoria y lo contesté más rápido que ningún otro de todos los que había hecho. Había una buena razón para darse prisa. Aquel de nosotros que tardara más en salir del examen tendría que pagar el desayuno como castigo por hacer esperar a los demás. En el fondo ya sabíamos que sería Chagui porque él siempre apuraba el tiempo hasta el final aunque ya no tuviera nada más que escribir.

Afortunadamente para mí, el examen era de biología que era una de mis materias preferidas. En mi caso era un examen de trámite y después de esto no habría más días en el colegio.

¡Qué extraño!. Siempre deseando terminar el colegio y cuando por fin todo acaba, te invade la melancolía. La verdad es que los seres humanos a veces somos raros: anhelamos tanto algunas cosas que cuando estamos por conseguirlas nos damos cuenta de que la intensidad del anhelo se nos desbocó y no nos dejó disfrutar la etapa anterior, a la que precisamente ahora le vemos virtudes que antes nos pasaban desapercibidas. Pero en fin. Tuve un rato para darme una vuelta por todo el colegio. Era como si me quisiera asegurar de llevarme grabados en la memoria aquellas paredes, pasillos y patios que habían sido testigos de tantos momentos entrañables durante los últimos doce años.

Lily, Vero, Susana y otras amigas estuvieron recorriendo el patio de la preparatoria toda la mañana para coleccionar firmas sobre una playera. No faltó alguna lagrimita.

No es que me pesara dejar el edificio. Era otra cosa la que me hacía pensar. Durante el rato que esperé a que mis amigos salieran del examen vinieron a mi memoria muchos recuerdos bonitos de los años que pasé en esa escuela. Esos compañeros con los que había compartido mí, hasta ahora, breve vida, estaban a punto de lanzarse cada uno por caminos distintos. ¿Qué rumbo depararía la Providencia a cada uno?. ¿Qué pasaría con ellos? Tato era la indiferencia total. No se sentía atraído por ninguna carrera en especial. Lo mismo le daba ser veterinario que físico nuclear. Rafles era la otra cara de la moneda. El soñaba desde niño con ser médico como su papá. Los días que en la prepa nos tocaba laboratorio no se quitaba la bata blanca en toda la mañana. Chagui (con su fiel guitarra, la que amenizaba las noches largas de tertulia estudiantil) ¿a dónde iría?. El decía sin mucho entusiasmo que estudiaría administración porque es una carrera genérica que da opción para ir eligiendo un campo más específico después. ¿Y Luis?. No lo veía decidido. Cosa extraña siendo él tan seguro de sí.

Eran momentos de decisión para todos nosotros con una mezcla de ilusión y miedo: nadie tiene garantizado el éxito. Hoy comienzas un camino y se trata de luchar todos los días por alcanzar algo que merezca la pena. Tienes para empezar un capital de ilusiones y proyectos; depende de ti luchar por hacerlos realidad. Vibras con la ilusión del que estrena una oportunidad, pero también con el miedo del que ve a tanta gente con sus proyectos truncados por el fracaso o por la mediocridad. Es lo propio de la juventud: todo es un camino que seguir, un futuro que mirar.

Andaba con esas cavilaciones cuando se me acercó el Motorcito, precisamente el maestro titular de la materia de biología. Le decíamos así porque caminaba con pasos muy cortos y moviendo las piernas extraordinariamente rápido. Le platiqué lo que pensaba.

- Déjate de historias, Marco. Tú sólo piensa una cosa: Hay que vivir con un corazón elevado pero con los pies en la tierra (frase de no sé quién que él se había grabado y apropiado). No vayas a querer pintar todo lo que veas de color rosa. Mira que a tu edad todos sueñan que su esposa será Miss Universo y su casa será poco menos que el castillo de Chapultepec. Se hacen ilusiones de que terminando la carrera, saldrán al campo laboral para comerse el mundo en dos mordidas. Piensan que en un dos por tres abrirán su fábrica de refrescos con marca propia. Pero ¡no! :El que quiera azul celeste que le cueste remarcó este refrán que era de sus preferidos. Según él, para los ojos jóvenes toda mirada al futuro está adornada como la ensalada por el aderezo. Es decir, en el nivel de los proyectos todo se ve bonito. Pero el que quiera cosechar algo que merezca la pena en la vida, tiene que estar dispuesto a luchar con perseverancia como el estudiante que aprieta los codos sobre la mesa con el libro frente a sí.

Total que con una pizca de sentimentalismo y apoyado por el consejo del Motorcito, me marché satisfecho porque sabía que había cumplido con biología y después de todo hasta con el curso escolar.

 

 

 

 

* * *    * * *

 

 

 

 

Como a las ocho de la noche pasé por Luis. Ya venían conmigo Tato y Chagui. El plan era reunirnos con todos en el Antro para festejar el fin de curso. De camino hicimos una parada técnica para abastecernos apropiadamente.

Llegamos a casa de Rafles y Toño, el novio de su hermana, nos abrió la puerta para dirigirnos directamente al Antro atravesando el amplio jardín. En cuanto entramos, Luis pidió silencio:

- Tengo que decirles una cosa -. Nadie imaginó de qué se trataba

- Me voy al seminario. Quiero ser sacerdote.

- ¡¿Qué?! - Fue el grito de Chagui torciendo todo el gesto y arrastrando la e final para remarcar más su sorpresa.

- Así es. Me voy de padre.

- Seguro, y yo de astronauta - aseveró Tato con la indiferencia y la seguridad del escéptico al que es difícil gastarle una broma y siguió como si nada acomodando los sillones alrededor de la mesa.

- No es broma. Va en serio.

Toño, que ya iba de regreso a la casa donde le estaba esperando Ceci, la hermana de Rafles, se volvió a meter al Antro para asegurarse de lo que había oído y no necesitó invitación para unirse a nuestra plática. Después de escuchar algunos de nuestros comentarios, se dirigió a Luis y tomándose una confianza que, por cierto, nadie le había dado le preguntó:

- Oye, yo digo que no es natural que un hombre pueda vivir sin una mujer. Tú, ¿qué piensas?.

            Todos nos sentimos incómodos y con el ademán le dijimos: ¿Cómo preguntas eso?. Miramos a Luis. No creo que se haya sentido presionado pero seguro pensó: empieza el show.

            - Mira, -contestó Luis- así vivió Jesucristo; yo me la quiero jugar con Él. Además conozco sacerdotes que viven muy felices y que un hombre sea feliz me parece lo más normal del mundo.

            La puerta se abrió y un golpe de luz corrió a estrellarse en la cara de Luis. Todos pudimos ver su mirada y convencernos de que estaba seguro de sus palabras. Era Ceci que venia a buscar a Toño sorprendida de su tardanza.

- ¿Cómo ves, Ceci?, dice Luis que se va al seminario,

- ¿De veras, Luis?. Me parece increíble y te felicito. Si Dios te llama haces muy bien en seguirle.

A Toño no le hizo mucha gracia que su novia se pusiera del lado de Luis e insistió:

- Sí, pero yo insisto en que eso de renunciar a todas las mujeres está en chino, ¿no?.

- Tampoco me quieras poner de mártir antes de tiempo. Eso de renunciar a todas las mujeres tú también lo debes hacer, con excepción de una claro está. Ahora bien, yo renuncio a una más que tú, no es tanta la diferencia, ¿no crees?.

- Pues ya es cosa tuya si te quieres quedar sin vieja - dijo en un plan un poco irónico. Y luego, tratando de zanjar el tema, soltó una carcajada que resonó sola porque a nadie nos hizo gracia su ironía.

            - Tranquilo Luis no quiso que se quedara ahí- deja que te explique el asunto. Yo nunca dije que iría a trabajar de eunuco a un harem árabe. Yo dije que consagraría mi vida a Cristo. La renuncia a una familia no es mi opción, es consecuencia de aquello por lo que sí opté. Es distinto, ¿cierto?. Mira, la gente cree que cuando te vas de sacerdote renuncias al amor y esto es falso: al amor no se puede renunciar sin renunciar a ser feliz. Cuando decides ser sacerdote optas por una forma de amor distinta, pero igualmente válida.

Rafles hizo otro comentario y luego cambiamos de tema. Ceci se dio cuenta de que Toño se estaba poniendo pesado y con mucha discreción le tomó de la mano y lo sacó del Antro despidiéndose de todos en grupo. Después de todo, me pareció que Luis salía bien librado de un tema que suele ser bastante espinoso. Lo que más nos agradó a todos fue verlo seguro de lo que quería.

            Vaya asunto complejo el que comenzaba a enfrentar Luis. Eso de explicar a todo el mundo que se iría de padre. Quizá por miedo a ese momento tardó tanto en darnos la noticia.

A partir de ese día nos tocó escuchar que le hicieran mil preguntas y comentarios quisquillosos: Que si vas a cortar a Pao (todavía ni eran novios); que si los curas no sé que tanto; vamos que hasta apuestas se levantaron para ver quién acertaba el día en que regresaría asustado del seminario. Por supuesto que había más de broma que de apuesta y, sin embargo, me imagino que todo ese alboroto no era agradable para Luis.

            No por esto Luis se amilanó. Al contrario, mientras más explicaba o defendía su postura, su ánimo y su personalidad parecían agrandarse. No sé de dónde sacaba la fuerza pero cada día se le veía más firme.

            Por otro lado, nosotros sin que él lo supiera- nos encargamos de orquestar una serie de despedidas en su honor. Jueves, sábados, lunes o cualquier día, eso sí, de las siete en adelante. Total a estas alturas del año, inicio de vacaciones, qué importaba el día y la hora.

Fueron tantas fiestas de despedida que empecé a tener la impresión de que nadie se marcharía. Parecía ser, más bien, un pretexto para reunirnos y pasarla bien. Además de las fiestas de despedida, en ese tiempo de vacaciones casi todos los días había reuniones de todo tipo que nos permitían estar juntos y divertirnos.

            Uno de esos fines de semana fuimos invitados a una fiesta en casa de los hermanos Almanza. Fui por Luis y antes de llegar pasamos a recoger a Ana Fer.

            Cuando llegamos a casa de Juan y Chacho Almanza nos dimos cuenta de que habían invitado a toda la ciudad. Casi no se podía dar un paso sin tropezar con alguien. Mucha gente conocida pero con la que coincides pocas veces y a la que casi no has tratado. Todos sabían la noticia de la vocación de Luis y no se aguantaban la curiosidad de preguntarle o las ganas de darle un consejo. No está mal si te pasa con una persona pero cuando te pasa con cada uno que te encuentras puede llegar a ser muy tedioso. Ana Fer y yo nos dimos cuenta de que para Luis estaba siendo muy pesado y decidimos marcharnos.

            Les impactaba que Luis tomara esta decisión. Si se hubiera ido al seminario un ilustre desconocido quizá nadie lo tomaría en cuenta. Pero que Luis dijera quiero ser padre a más de uno lo dejó sorprendido. Como sea Luis tenía ganada su buena fama. Parecía tener todo: Una bonita familia; se acababa de proclamar campeón nacional juvenil de tenis; tenía sus buenas calificaciones y amigos por doquier; además admiradoras no le faltaban.

Muchos no entienden una decisión así. Varias veces le preguntaron el porqué de una decisión que implicaba renunciar a todo lo que la vida le había regalado. Se limitaba a sonreír y decía: imagínate cómo será lo que he encontrado.

            Me acordé de una de las pláticas del P. Carlos en la que nos explicaba que, según su modo de ver, la dificultad para entender estos temas tiene su raíz en la mentalidad de la sociedad moderna: estamos educados para buscar lo fácil, para rehuir cualquier sacrificio y no nos damos cuenta de que así no se logra nada que merezca la pena. Si quieres algo grande en tu vida, hay que estar dispuesto a pagar el precio. La sociedad de hoy es el mejor de los cómplices para sugerirnos y facilitarnos nuestros caprichos y los caminos más suaves para enfrentar la vida. El problema es que así no se alcanza la felicidad.

            Total que, efectivamente, después de un rato nos escapamos y fuimos a caer en el lugar donde nos sentíamos cómodos: el Antro. Dentro de esa mayor privacidad la plática era agradable. Poco a poco fueron llegando los demás; Chagui sacó la guitarra y estuvimos cantando un buen rato. Sin planearlo, hizo que más de alguno se pusiera sentimental cuando comenzó aquella vieja canción de José Feliciano:

Ya mis amigos se fueron casi todos

                                   y los otros partirán después que yo

                                   lo siento porque amaba su amigable compañía

                                   pero es mi vida y tengo que marchar.

 

                                   ¿Que será?, ¿que será?, ¿qué será?;

                                   ¿Que será de mi vida?, ¿qué será?

                                   En la noche la guitarra dulcemente sonará

                                   Y una niña de mi pueblo llorará....

 

            Con la canción de fondo, sin que nadie lo esperara, Rafles se levantó repentinamente y fue directo hacia Luis para darle un abrazo. Algo le susurró al oído pero nadie más que Luis pudo escuchar.

            Chagui, con voz firme, levantó su vaso y dijo:

- hagamos un brindis. Por Luis: ya que se va, sea santo. Todos brindaron.

            Todavía hoy me sigo preguntado cómo pudo hacer precisamente Chagui un brindis así. Hasta donde lo conozco es un católico nominal que, dudo vaya a Misa los domingos y antes que defender a la Iglesia, primero criticaría todo lo que suene a norma. Sin embargo, el alma de Chagui, como la de todos nosotros, estaba siendo cuestionada y en serio por la vocación de Luis. Definitivamente, Dios se encarga de sembrar muchas cosas buenas alrededor de cada vocación.

            Pero no es ese el único recuerdo que guardo de aquella noche. El barullo que se extendía por toda la casa no fue capaz de esconder un detalle que pasó desapercibido para todos pero no para mí. Debo confesar que estuvo a punto de arrancarme una lágrima: unos segundos antes del abrazo de Rafles, caí en la cuenta de que Pao clavaba su mirada en los ojos de Luis. En ese silencioso cruce de miradas me pareció que Pao decía: ojalá que todo esto no fuera verdad. Pero, a la vez, esa mirada reflejaba una aceptación llena de cariño. Como si en ese preciso momento se despidiese con un que seas feliz, cuenta con mi apoyo.

            De regreso Ana Fer se fue con Pao a su casa y yo llevé a Luis a la de él. Una vez que llegamos apagué el motor y con las manos apoyadas todavía en el volante no sé si ofuscado por ese cruce de miradas que aún retenía en mi memoria- pregunté a mi amigo con un tono cercano al reclamo:

            - No entiendo por qué te vas. Es más, no me lo termino de creer.

Todavía no había terminado de hablar y ya me estaba arrepintiendo de haber hecho la pregunta. Yo no tenía derecho a presionar a Luis de ningún modo.

            Luis intuyó que aquello había sido un desahogo y, sin perder el control, me respondió con toda tranquilidad:

- Mira... yo también a veces creo que nada sucederá. Como que al exterior nada ha cambiado. Todo marcha como cualquier día ordinario. Es más, creo que yo tampoco entiendo de una manera plena mi partida. Eso de dejar mi casa e ir a un seminario que está a no sé cuántos kilómetros de mi tierra, dejar familia y, todo lo que este tipo de cosas implica; me parece que no hay una razón clara. Incluso hay momentos en los que ni yo mismo me creo eso de que me voy a no ser porque en mi interior, aquí (y con un dedo se apuntó el corazón), aquí es donde me la estoy jugando. Esta es mi razón y Él, que me dio este corazón, lo sabe. No creas que es un sentimiento, no. Es mucho más que eso. Es una seguridad enorme, que sin embargo no te puedo explicar con palabras. No es una emoción pasajera o bonita. No creas.

            En el fondo mi amigo sabía que se marcharía y que, sería para siempre. Costara lo que costara. Así es, creo yo, cuando hay un amor sin límites: uno lo aguanta todo.

            Con el coche estacionado frente a la puerta de su casa pasaron caminando los papás de Luis que regresaban de cenar con unos amigos. Nos saludamos de lejos levantando la mano y aproveché para preguntarle a Luis:

- Oye, y tus papás ¿qué han dicho?.

- Mi mamá está contenta. Le cuesta humanamente, pero dice que los hijos son prestados y que ella sabe que es una bendición para la familia.

- ¿Y tu papá?.

- Como que no se la cree, o no se la quiere creer. Dice que estoy muy chico; que haga antes una carrera, que no conozco la vida y ya la quiero dejar; que para él son llamaradas de petate mías y no sé cuánta cosa más. Me ha pedido que lo piense bien. Yo ya le he dicho que Dios tiene su momento para cada quien y que comprenda que no me voy a ordenar sacerdote mañana, que simplemente creo que Dios me llama y quiero darle a El la primera opción. Que voy a probar y Dios dirá. Pobre, a pesar de todo dice que respeta mi decisión. Por cierto, necesito pedirte un favor.

- Claro. ¿De qué se trata?

- Resulta que mi papá y la Nube son amigos desde la primaria y me ha hecho una cita con él mañana a las 5 de la tarde. ¿Me acompañas?

- ¿Qué pasa? No me digas que no pasaste lógica.

- No, no. El caso es que la Nube fue seminarista y mi papá cree que me hará bien platicar con él.

- Paso por ti a las 4.30.

- Hecho.

Al día siguiente llevé a Luis hasta la casa del profesor. Esperé a que le abrieran la puerta y arranqué. Una hora más tarde, según habíamos convenido Luis y yo, me detuve en el mismo lugar. Luis debería salir inmediatamente. Pero no fue así. Tuve que esperar otra hora hasta que se abrió la puerta de la casa y salió Luis acompañado del profesor y su esposa, todos muy sonrientes y como con pocas ganas de despedirse.

Por fin Luis se subió al auto y yo pregunté con aire de reclamo:

- ¿Qué pasó? ¿Te tenían secuestrado? - Luis me conocía bien y sabía que estaría molesto por la espera. Sin embargo no se preocupó mucho por contentarme.

- Nunca pensé que la Nube tuviera los pies tan bien plantados en la tierra. Resulta que efectivamente fue seminarista y toda su ilusión era ser sacerdote. Pero un buen día se enfermó y, después de unos meses, sus superiores le dijeron que la vida del seminario era una carga demasiado pesada para su salud y que Dios no podía querer eso para él. Le recomendaron que regresara a casa en paz. Me contó toda la historia. Dice que al principio le costó mucho aceptarlo pero que después entendió que lo importante no es ser sacerdote, o casarte, sino hacer aquello que sabemos que Dios nos pide a cada quien y entregarnos totalmente ahí. Si te llama como sacerdote, pues como sacerdote, si te llama a otra cosa, pues a eso. Si tú tratas de serle fiel El no te deja. Dice que a él Dios le ha bendecido mucho, que es muy feliz en su matrimonio y con su familia. Imagínate, mi papá me mandó a hablar con él creyendo que me desanimaría y ha sido justo al revés. Me dijo que no mirara atrás, que si Dios me llamaba al sacerdocio me estaba obsequiando el mayor regalo que se le puede hacer a un ser humano, que yo era un privilegiado.

- Caray con la Nube intervine asombrado -. Y ahora ¿qué le dirás a tu papá?.

- Nada. El profesor me dijo, y tiene razón, que es normal que a mi papá le cueste. Me aconsejó que le diera tiempo y él solo se acabará convenciendo. Además, el profesor dice que conoce muy bien a mi papá y sabe que cuando me vea contento se tranquilizará.

- ¿Pero de veras crees que vas a ser feliz con tanta renuncia?.

- También para eso me dio respuesta el profesor.- Noté que por segunda vez le dijo profesor y no la Nube .- Dios es Amor y nadie nos quiere como El, ¿no?. Bueno pues ¿cómo va a ser posible que piense un plan para mi vida y no me haga feliz?.

- ¡Lógica pura!- concluí y los dos soltamos la carcajada.

- Pero es en serio. Lo impresionante es que los hombres pensemos que nuestros planes puedan ser mejores que los de Dios y por eso nos cuesta tanto dejarlos.

- Bueno, bueno - interrumpí a Luis que estaba inspirado- ya está bien que a este paso me convences a mí también. ¿Dónde te dejo?

- En la parroquia. Quiero ir a Misa de 8.

- Te acompaño. Mal no me hará.

                                                                                                                                                                                                       
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