Extracto de una carta dirigida a un jóven con inquietudes vocacionales el 22 de febrero del 1977.
He recibido tu carta con esa breve, pero hermosa historia de tu vocación. La he leído con calma y he gustado en ella ese algo que tienen todas las vocaciones que Dios da: llamadas imperceptibes, dudas, gracias innumerables, vacíos al quererse alejar de Dios y al final, o se acepta o se deja.
En los días pasados, historias análogas nos contaban los nuevos sacerdotes acerca de su vocación: cómo germinó en ellos la inquietud, cómo ráfagas de sentimentalismo o tentaciones apagaban el deseo y cómo nuevamente y por la acción de la gracia, después de sentir un inmenso vacío interior, renacía esa voluntad de responder a los planes de Dios. Finalmente, esa experiencia común a todos: el sentirse elegido por Dios sobrepasa todo bien humano, todo amor carnal, toda aspiración de una pobre creatura, como nosotros.
También la Sagrada Escritura está llena de vocaciones parecidas; entre ellas, la más parecida es la de Jeremías: un hombre duro, que se resistía a realizar la misión querida por Dios hasta que tuvo que ceder ante la palabra y voluntad de Dios. Su vida no fue fácil, pero ahí perseveró feliz hasta el fin. Muchas vocaciones fallan, porque no son capaces de llegar a resistir esos primeros sentimientos de rechazo, naturales, y ponerse totalmente en manos de Dios. Una vez hecho esto, la vida se transforma: se descubre que Dios nos colma de bienes humanamente inimaginables; la experiencia de su amor es inefable (...)
Irás descubriendo con el pasar de los días la dicha de ese SÍ que pronunciaste no hace mucho. La dificultad no desaparecerá, la lucha no acabará, pero la gracia de Dios estará siempre a tu lado.