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Porque Dios es bueno y tiene prisa...
Céline Cochin.

 


Dios me concedió el inmenso don de mi vocación porque Él es bueno, y me hizo ver que tenía prisa, porque existen muchas almas a las que hay que salvar y acercar a su Corazón.

Soy la pequeña de una familia de 7 hijos. En mi familia me sentí siempre querida, y esto me ayudó en mi relación con Dios para aprender a dejarme amar por Él.

Me gusta decir que vengo de un pueblo perdido en el noroeste de Francia, en Anjou, que se llama Chazé-Henry, donde no hay nada, pero donde pasé muchos años de felicidad. En mi familia se vivía una fe sencilla y auténtica, con mucha caridad y buen humor entre padres e hijos y entre hermanos. Mis padres me enseñaron a rezar desde pequeña y me acostumbré a dormirme con libros de caricaturas que narraban historias de santos, o con discursos o meditaciones del Santo Padre. Me atraía ser carmelita como santa Teresa de Lisieux, pero luego me entusiasmó más la idea de ser misionera en China.

En el ambiente en que nos movíamos, sobre todo en la escuela, sabía que, por desgracia, no se podía confiar mucho en los profesores en materia de fe. La única fuente segura para mí la constituían mis padres; les tenía una gran confianza y podía preguntarles todas mis dudas.

Recibí el llamado de Dios cuando tenía 17 años. Fue en la Misa de clausura de un gran congreso católico que hubo en París al que me habían invitado mi hermano mayor y su esposa. Fue un llamado sencillo, casi sin sorpresas, dado el ambiente en el que se había preparado y sembrado en mí la semilla de la vocación.

En el camino de regreso hacia mi casa, cerré los ojos y traté de meditar en lo que aquel llamado significaba. Cuando llegué a casa le hice a Cristo una promesa: le entregaría toda mi vida. Y para que no quedara todo en deseos vanos, lo escribí en una libreta: estaba firmado, pero permanecería como un secreto entre Él y yo. Así continué mi vida normal, feliz, sabiendo que Dios me indicaría el cómo, cuándo y dónde...

Pasaron los meses y llegó el momento de escoger una carrera profesional hacia la cual enfocar el resto de mi vida. Me impresionaba mucho constatar cómo muy pocos de mis compañeros escogían realmente lo que querían hacer en la vida. Yo tenía mi plan: ir a París a estudiar filosofía a una universidad en la que se estudiara a Santo Tomás de Aquino, para encontrar más a Dios y profundizar en las razones de mi fe.

En la universidad me encontré con dos mundos nuevos: Santo Tomás, con su claridad en la doctrina, y, al mismo tiempo, la realidad de las divisiones dentro de la Iglesia, muchas críticas internas que no sospechaba, esto me dolía, y sentí un inmenso deseo interior de trabajar por la unidad de la Iglesia.

En mi aula estudiaban dos miembros del
Regnum Christi. Cuando los conocí, me atrajo enseguida su alegría y simpatía, pero sobre todo, su caridad hacia todos y su celo apostólico. Pensaba: «Quiero ser católica como ellos». Sin embargo, no quería comprometerme en ningún movimiento para ser «universal.

Nos hicimos muy amigas. Un día, una de ellas me dejó para leer un libro que se titulaba Mensaje, que había sido traducido al francés y contenía algunas cartas del Fundador del Movimiento
Regnum Christi. Lo acepté solamente porque ella me lo daba, pero le dejé claro que, aunque fuéramos amigas, nunca entraría en su movimiento.

Por la noche me decidí a abrir el libro y empecé a leer algunas páginas. Esa misma noche lo leí completo: a través de las palabras escritas por el
P. Marcial Maciel, L.C., fundador del Regnum Christi, comprendí que así quería vivir mi fe. Siempre había tenido muy claro que todos los cristianos estábamos llamados a ser santos; sin embargo, aquellas cartas me descubrieron una nueva dimensión de la realidad de mi cristianismo, no sólo teníamos que ser santos, debíamos ser también apóstoles. Dios me hizo entender que para formar parte de la Iglesia «universal» tenía que comprometerme a amar y a construir esa misma Iglesia.

Al día siguiente, cuando me encontré con mi amiga en la universidad, sin perder tiempo le dije que quería entrar al
Regnum Christi, que me dijese lo que tenía que hacer y lo haría inmediatamente. Y así fue.

Ser miembro del
Regnum Christi me ayudó a acercarme a los sacramentos, de manera especial a la confesión, y a descubrir que en el sagrario estaba Jesús y ahí lo podía visitar, convirtiéndose en mi mejor Amigo. No éramos un grupo numeroso de miembros, pues apenas se conocía el Regnum Christi en Francia. No sabíamos casi nada de Nuestro Fundador, de las obras de apostolado, pero éramos muy entusiastas. Estábamos convencidas de que transformaríamos el mundo para Cristo.

Cuando cursaba el último año de la universidad, uno de mis amigos se consagró a Dios en el Movimiento
Regnum Christi, y mi amiga se fue como colaboradora para trabajar por la Iglesia a través del Movimiento. Yo continué mis estudios durante un año más en la universidad de la Sorbona para sacar el título, con el deseo de irme después a trabajar, como mi amiga, por la Iglesia.

En la Sorbona, Dios me abrió los ojos sobre el mundo, las necesidades de los hombres y la urgencia de la misión. Encontré gente muy simpática, pero cuyas vidas no parecían atractivas, pues no parecían felices. En la carrera de filosofía uno puede encontrarse con todo tipo de gente, algunos buscan honestamente un sentido para sus vidas, pero también hay lo opuesto. Me impresionó ver entre los jóvenes mucha homosexualidad, y una gran presión hacia los demás para obligar a todos a verlo como algo natural; un estudiante se suicidó; algunos confesaban estar totalmente desilusionados al no encontrar respuestas satisfactorias... En todos se reflejaba una gran ignorancia: no conocían a Cristo. ¿Cómo podía permanecer tranquila viendo el sufrimiento de tantas personas? ¿No había nada que yo pudiera hacer por ellos?

Terminada la universidad, decidí irme como colaboradora. Durante el cursillo de capacitación en Roma, recordé mi promesa hecha a Dios algunos años atrás, y empecé a sentir miedo, ante lo cual me justifiqué: Dios me dejaba libre para elegir, y yo podía decirle que no. Fue una tentación muy fuerte, de pronto quería darle la espalda a Dios creyendo que Él no podía hacerme feliz plenamente; en teoría sí, pero no tanto como para entregarle mi vida.

El cursillo llegaba a su fin y yo seguía indecisa así que pensé que lo mejor sería irme sin decir nada a nadie, y desaparecer en el olvido; pero Dios no quería que me fuera así como así; éramos amigos, y no podía marcharme y romper la amistad con Él sólo por miedo, así que se las arregló para que perdiera el avión, busqué un nuevo vuelo, pero no había ningún otro en los siguientes días. Nadie de mi familia me esperaba, no había nadie en casa, así que me quedé una semana más en Roma para serenarme, después de la cual le dije a Dios que estaba de acuerdo, pero sólo por un año.

Mi destino como colaboradora fue París. Me impresionó mucho palpar la mano de Dios en todos los detalles, fue una gran alegría ver crecer el Movimiento en mi país. Poco a poco me fui abriendo a la gracia de Dios y Él me conquistó con mucho amor, respeto, y a la vez con prisa. Dos meses después experimenté de nuevo el llamado de Dios a consagrarme a Él, me había enamorado; entonces, feliz, le dije que sí.

Mis padres, aunque no conocían nada de la
Legión de Cristo, ni del Movimiento, me apoyaron incondicionalmente, porque vieron que era obra de Dios, que estábamos con el Papa y que vivíamos un verdadero espíritu de caridad entre nosotros. Su ofrecimiento generoso, sus oraciones y sacrificios son un apoyo muy fuerte para mi entrega diaria y mi perseverancia. Sin quitar el dolor que le implicaba dejarme marchar, mi padre me dijo que había escogido la mejor parte.

Dios me concedió el inmenso don de mi vocación porque Él es bueno, y me hizo ver que tenía prisa, porque existen muchas almas a las que hay que salvar y acercar a su Corazón.




                                                                                                                                                                                                       
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