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Recuerdo aún el día en que decidí que de grande sería misionera: tenía sólo seis años. Aquel día, mi madre me sorprendió llorando con una revista en la mano: por primera vez había visto fotos de niños africanos que se estaban muriendo de hambre. Las imágenes me conmovieron mucho; ahí mismo decidí que cuando creciera ayudaría a todos los niños pobres y por eso sería misionera. Estando en primero de primaria, empecé a frecuentar la catequesis de la parroquia los sábados y la misa los domingos; para mí era un privilegio, porque mi hermana tenía cinco años y mi hermano uno y todavía no podían asistir. Gracias a la catequesis y a las narraciones que mi madre nos contaba sobre la Biblia, fui conociendo a Jesucristo. Me fascinaba su preocupación por los pobres y que repitiera que todos los hombres somos iguales y que teníamos que amarnos como hermanos. Las enseñanzas de la catequesis las veía realizadas en mi familia. Mis padres nos daban ejemplo práctico de cómo se viven las virtudes cristianas: la esperanza, la caridad, la fe, el espíritu de sacrificio, el perdón. En los momentos de dificultad, mis padres se ayudaban el uno al otro y, cuando me daba cuenta de que algo no iba bien en mi entorno, trataba de imitar su espíritu de servicio para que estuvieran contentos. En quinto de primaria entré a formar parte del coro de la parroquia y empecé a ayudar más activamente en la misa. Durante mi adolescencia dediqué mi tiempo a jugar voleibol, a estar con mis amigos y en realidad iba a la catequesis para encontrarme con mis amigos como para cualquier adolescente, toda excusa servía para salir fuera de casa. Ya no me acordaba de las misiones. La misa, sin embargo, para mí era muy importante para estar realmente cerca de Jesús. No era una excusa. A los 14 años, comencé a ser catequista. Y a los 15, conocí a mi mejor amiga: era una chica que parecía distinta porque caminaba y hablaba con dificultad, pero yo sabía que en el fondo era igual que los demás, porque Jesús nos enseñó que todos somos hermanos y, de hecho, así era: ¡por dentro era normalísima! A la hora de empezar los estudios superiores, escogí la carrera de Educación, con la intención de aprender a enseñar a los niños pobres. Todavía sentía el deseo de ayudar a los que sufren. Una vez terminados, comencé a ser voluntaria de la Cruz Roja y a ir con un grupo de jóvenes que realizaban acción social con gente minusválida. Por la mañana, era maestra de una niña con retraso mental, por la tarde cuidaba un niño en silla de ruedas y en mis tiempos libres ayudaba a mi padre en sus actividades. Mi vida era muy intensa; tenía siempre algo que hacer o alguien a quien ayudar. Todo esto me satisfacía; pero sentía que tenía que dar mucho más a los demás. Comencé a pensar en casarme con alguien que quisiera venir a las misiones conmigo. Finalmente, un día mi hermano me invitó a un retiro para chicos y chicas en un seminario diocesano. Me sentía feliz de poder ir porque tenía una gran sed espiritual: en medio de tanta actividad, necesitaba estar un poco a solas con Dios, aprender a orar bien, a conocer mejor a Jesús. El retiro lo predicó un sacerdote legionario de Cristo. Se me quedó bien grabada esta imagen: los cristianos tendríamos que ser como esponjas en un río, que se dejan empapar por el agua, que es Jesús y el Evangelio. Y no como rocas por las cuales el agua resbala. Cristo comenzaba a entrar en mi vida, no como un Dios lejano, con el cual no podía comunicarme. Jesús comenzaba a ser para mí una persona con la cual podía hablar, un amigo que me conocía completamente y que quería señalarme un camino que yo todavía no descubría. El sacerdote también nos habló de dos tipos de misioneros: los del Tercer mundo y los de las tierras civilizadas. ¡Justo lo que yo buscaba! Después de seis meses vi por casualidad unos folletos. Uno de ellos se trataba de una invitación a participar en otro retiro espiritual ¡y yo necesitaba realmente repetir esa experiencia de amistad profunda con Cristo! El retiro era al día siguiente. Hablé con el padre y me dijo que existía un grupo de chicas que tal vez me gustaría conocer y después de una semana conocí a las primeras: una señorita consagrada en el Movimiento Regnum Christi, otra chica decidida a consagrarse y un grupo de chicas del Movimiento. Después de un año, yo también quise ser parte del Regnum Christi, además de que continuaba en mi parroquia como siempre. Así comencé a vivir un poco más la vida cristiana y mi amistad con Cristo. Aprendí a orar mejor, a hablar con Dios. El deseo de ser misionera era cada vez más fuerte. En el interior sentía constantemente esta pregunta: "¿Qué quiere Dios de mí, de mi vida? ¿Cómo podré ayudarle realmente?". Quería dedicarme totalmente a Él, pero a la vez, tener una familia y muchos hijos Para encontrar la respuesta a esta pregunta, participé en el verano de 1995 en el curso vocacional que las señoritas consagradas organizan todos los años, para ver si el Señor me llamaba también a mí a consagrarme. Al final del curso, gracias a la oración, a la reflexión personal y a la dirección espiritual, comprendí que Dios me llamaba a la vida consagrada. Pero descarté el Regnum Christi, porque creía que para estar cerca de Cristo hay que sufrir ¡y yo con las consagradas me sentía siempre feliz! Entonces, empecé a buscar en otras congregaciones, con religiosas que trabajaban con niños, con las Hermanas de Madre Teresa de Calcuta Pero no encontraba mi lugar. Así que pensé: "Si he comenzado mi camino espiritual con el Regnum Christi y los demás no me convencen, ¿por qué no seguir investigando en allí?". Y así hice una experiencia de vida más profunda con las consagradas. Allí entendí que el Señor quiere que todos seamos felices, aunque esto no quita que en nuestra vida haya sufrimientos. Comprendí que Cristo me llamaba a amarlo y a ser una "misionera": a dedicarme a Él y a los demás. Finalmente, en septiembre de 1996, decidí consagrar mi vida a Dios en el Regnum Christi. Ahora estoy viviendo y trabajando en Jerusalén en el Pontifical Institute Notre Dame y me da gusto poder compartir con ustedes mi experiencia personal de Cristo y la bondad que el Señor ha tenido para conmigo. |
¿Es psicológicamente peligroso el celibato sacerdotal? <Zenit, Ayer> El origen del sacerdocio cristiano. <www.fluvium.org, Ayer> God is back, dicen dos periodistas de The Economist <www.fluvium.org, Ayer> | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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