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Madre, Padre, Hermanos, Hermanas.
Capítulo 5.

(Lucas 14, 25-27; Mateo 10, 37-40)

  Aquí nos topamos con uno de esos mensajes de Cristo que con frecuencia desearíamos nunca hubiese pronunciado.

 

            Siempre que lo leemos, nos quedamos a la expectativa a ver si el Señor tiene en el fondo segundas intenciones o reconsidera rápidamente lo que ha dicho, disculpándose y asegurándonos que no se trata más que de un modo de decir o que se dejó llevar por la corriente de su retórica apasionada. Al leerlo en público podríamos incluso sentirnos avergonzados y musitar en nuestro interior: «Duras palabras».

 

            Sin embargo, cuando nos atrevemos a mirar a Cristo en el evangelio, no le sorprendemos ni apenado por habérsele escapado estas palabras de la boca ni apresurándose a retractarlas, a reformularlas o a suavizarlas.

 

            Simplemente nos mira y nos pregunta: «Por este motivo, ¿también ustedes querrán marcharse?» (cf. Juan 6, 67).

 

            Vamos a leer las palabras exactas del evangelio:

            «Caminaba con él mucha gente, y volviéndose les dijo: Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío» (Lucas 14, 25-27).

 

            Lo primero que advertimos es que Jesús no está hablando en privado, en una de sus numerosas sesiones a puertas cerradas con sus doce apóstoles. Se dirige a las grandes multitudes. Además, el contexto de la situación no parece provocar en lo más mínimo la referencia a los miembros de la familia. Nadie le acaba de decir precisamente: «Te seguiré si mi familia me deja». En ese caso se comprendería la respuesta de Jesús que pone a la familia en su lugar correspondiente, justo como sucedió en el encuentro con el joven rico: Cristo empieza a hablar del perjuicio del apego a las riquezas una vez que el joven se alejó de Él, triste, por no estar dispuesto a renunciar a sus bienes (cf. Lucas 18, 18-25).

 

            Por tanto aquí Jesús no se está refiriendo específicamente a un caso aislado para superar la oposición de los padres y hermanos. Establece un principio general, válido para todos los tiempos y circunstancias, y no sólo para cuando haya oposición. No dice: «Si la familia resulta un problema, entonces debes ponerla en segundo lugar». Sostiene más bien: «Si no pones en seguida el parentesco de sangre en segundo lugar, simplemente no eres digno de mí».

            Va todavía más lejos. Afirma algo que nos afecta aún más directa y personalmente (y que quizás hará sentirse a tu familia algo mejor en relación con el puesto que les asigna): «Si no pones tu vida y a ti mismo en un lugar inferior a mí, no eres digno de mí. Si  no llevas tu cruz cada día y vienes en pos de mí, no eres digno de mí».

 

            En pocas palabras, Cristo establece un principio y un criterio: sólo llegamos a ser dignos de Él cuando Él lo es todo para nosotros y cuando abrazamos su cruz.

 

            «No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Sí, he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y enemigos de cada cual serán los que conviven con él. El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a  mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mateo 10, 34-39).

 

            A muchos este texto les parece escandaloso y trastornante. ¿Acaso no es Cristo el «Príncipe de la paz»? ¿Es que no anunciaron y cantaron los ángeles en su nacimiento: «Paz en la tierra»? ¿De dónde sale, pues, esta contradicción? ¿No quiere acaso que seamos felices? La vida cristiana, ¿no conduce precisamente al gozo, a la resurrección? ¿Por qué, entonces, nos hace estas predicciones tan severas?

 

            Para poder entender este mensaje de Cristo tendremos que regresar al meollo de su predicación tal y como está en las Bienaventuranzas.

 

            En ellas (las tienes en Mateo 5, 1-12) se nos da la receta de Cristo para la felicidad. Al leerlas, no nos cabe la más mínima duda de que la forma de pensar de Jesús es bien distinta de la del mundo. El mundo nos asegura que, para ser felices, tenemos que tener cosas, dominar, saciarnos, pasarlo bien. Cristo nos habla de la pobreza y la persecución como las llaves maestras de la felicidad.

 

            Está desde luego viendo las cosas de modo distinto a como las ve el mundo. Lo mismo sucede aquí cuando habla de paz y de guerra.

 

            En el pasaje citado Cristo nos habla de las consecuencias reales que se darán cuando la gente empiece a seguirle. Nos advierte que hay una paz auténtica y una falsa. La auténtica paz se encuentra en Él y en el precio que se paga para poseerla. La falsa paz se da cuando lo marginamos a Él en aras de una convivencia pacífica con nuestros familiares y amigos.

 

            Así, pues, en este texto Cristo no sólo repite lo que ya dijo en el evangelio de Lucas que no podemos alcanzarlo a Él si ponemos cualquier otra cosa en primer lugar , sino que nos asegura, además, que, al seguirle con coherencia, tendremos más de un problema con todos aquellos que nos rodean y no toman a bien nuestras decisiones.

 

            Con todo, en nuestra fidelidad a Él encontraremos la paz.

 

La experiencia misma de Cristo

 

            Una persona nos convence más por lo que hace que por lo que dice. Nos ayudará, pues, contemplar cómo Cristo se comportó en este punto.

 

            Si leemos con atención el evangelio, nos daremos cuenta de que sus relaciones con varios de sus familiares no fueron nada fáciles. Sabemos que en cierta ocasión estaban convencidos de que Jesús estaba mal de la cabeza y fueron a buscarlo para traerlo a casa. Se debieron sentir bastante apenados por su comportamiento para tener que verse obligados a tomar tales medidas.

 

            Claro, su problema consistía en que sólo habían conocido la dimensión humana de Jesús durante todos esos años en Nazaret y por eso no podían concebir que Él fuera algo más que un hombre. Probablemente actuaban de buena fe, pensando que estaban haciendo lo mejor por su propio bien, tratando de rescatarle de su misma locura. No se nos da la impresión de que tengan la misma actitud de los líderes del pueblo que más tarde querrán eliminarlo por temor a que los romanos vinieran y les quitasen sus privilegios.

 

            Sabemos, por otro lado, que su familiar más importante y cercano, María, no tenía nada que ver con esta cuestión. Su actitud fue siempre la de respetar el misterio de su Hijo, dar vueltas en su corazón a todas las cosas que no entendía.

 

            Podemos, pues, concluir que había división en la familia, y ¿quién sabe? tal vez de categoría formidable. Podemos imaginar lo que los otros parientes no dirían (o «mentarían») a María para justificar el hecho de pasar por encima de su autoridad de madre para detener a Jesús. Sabemos también que Santiago, «el hermano del Señor», le siguió más tarde en algún momento. Tal decisión de un primo hermano de Jesús debió también agitar los ánimos en la familia y provocar, quizás, divisiones mayores aún.

 

            Cristo, en definitiva, sabe lo que todo esto significa. Lo ha vivido en carne propia. Como siempre, le vemos a Él primero recorriendo el camino antes de pedirnos que le sigamos.

 

 

¿Contradicciones?

 

            «Les decía también: ¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: Si uno dice a su padre o a su madre: "Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán - es decir: ofrenda -", ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas» (Marcos 7, 9-13).

 

            Nos sorprende observar en este pasaje al mismo Jesús que nos dijo que si no odiamos a nuestro padre y a nuestra madre no seríamos dignos de Él.

 

            Advirtamos ante todo que está refiriéndose a quienes usan la religión o los deberes religiosos para escabullirse de las propias responsabilidades. No se trata, por tanto, de gente que haya renunciado al usufructo de sus posesiones y haya abrazado una vida de pobreza. Quizás no podamos afirmar que estaban en misa y repicando, o sea, queriendo guardar el pastel y comérselo a la vez, pero lo que sí sabemos es que el pastel que debían compartir se lo estaban guardando todo para ellos mismos, aparentando al mismo tiempo servir a Dios. Se trataba de una bonita excusa. Con ella tenían todas las de ganar, hasta que llegó Jesús y la puso al descubierto. Este hábito de Jesús de llamar al pan, pan y al vino, vino, debió escocer sobremanera a estos «gurús» de aquella época.

 

            Conviene señalar, seguidamente, que tanto en los pasajes del evangelio ya comentados arriba como en la frase: «Deja a los muertos que entierren a sus muertos; tú, en cambio, ven y sígueme», Cristo se refiere a quienes usan las relaciones familiares y humanas para evadirse de las responsabilidades que están en un nivel superior.

 

Una cuestión de prioridades

 

            La Iglesia siempre ha reconocido que, si una persona es el único sostén de sus padres, no ha sido llamada a la vida religiosa.

 

            No todos los casos son tan claros. A veces nos podremos preguntar qué quiere decir exactamente ser «sostén», qué clase de estilo de vida está involucrada en el caso, cuáles son las propias obligaciones hacia las deudas de los padres, etc. A veces está la cuestión de los hermanos que descuidan el papel que les corresponde en este deber sagrado. O los mismos hermanos, ya casados, pueden encontrar conflictos en sus obligaciones: ¿deberían recortar los gastos de la educación de sus hijos para ayudar económicamente a sus padres? En estas situaciones deberás buscar el consejo de una persona de confianza, tomar luego una decisión hacia un lado u otro, y no volver ya la mirada atrás.

 

Diversos tipos de vocaciones

 

            Si tienes obligaciones muy particulares para con tus padres que dan pie a situaciones que están fuera de tu alcance o del de ellos, y a pesar de todo no entran en pleno conflicto con la vocación, deberías tener presente que hay diversos tipos de vocación con características propias. Por poner un ejemplo, el sacerdocio diocesano permite una cercanía física a los padres que no cabría en una vocación misionera. Cuando disciernas sobre este punto tienes que ser muy cauto y honesto contigo mismo, porque la situación se puede manipular con facilidad para modificar y no para descubrir el llamado que Dios te está haciendo. Te debes asegurar que se trata de una necesidad real, objetiva, y que no se trata simplemente aquí está lo duro que a tus padres les cuesta mucho aceptar tu vocación específica.

 

                                                                                                                                                                                                       
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