Contenido
Contáctanos
Obtener ayuda    
Guía Vocacional en tu Area
Encontrar un Director Espiritual
Haz tu pregunta
Boletín por E-Mail
Introduce tu dirección de e-mail para suscribirte ahora:

  

leer el último número...

MultimediaRecursos para la oraciónGuía vocacional personalNoticiasAdoración por las VocacionesEventos
Opciones de página
Volver a Mi amigo
Anterior
Siguiente
Añadir a favoritos
Haz tu pregunta
Envíe por correo electrónico esta Página
Versión imprimible.
Contáctanos
Enero: El Antro
Capítulo 2

  

            Giramos la cabeza extrañados. Un grito nos había desconcertado y robado la atención. A lo lejos, Tato nuestro amigo hacía señas y nos llamaba con urgencia.

            - ¡Córranle!.

Gritó de nuevo y apuraba más las señas. Gesticulaba para insinuar que habría golpes allá afuera. Luis y yo apuramos el paso hacia la salida del colegio y corrimos a un terreno baldío que solía servir de arena para las típicas peleas colegiales y algunos enfrentamientos de pandillas.

            Cuando llegamos ya había comenzado la función. La víctima era un chico tímido y solitario del colegio cuyo nombre ignoro pero al que sus compañeros de la secundaria, con esa crueldad de la que suelen hacer gala los adolescentes, habían bautizado como el Penalty (la pena máxima). El pobre, azorado, encorvado, tratando de meter la cara en el pecho en busca de un poco de protección, sólo se cubría con su brazo izquierdo y con la derecha no soltaba su mochila. El que le apabullaba, sin piedad ni vergüenza, haciendo todo el alarde posible de su superioridad, se inclinaba para vociferarle algo al oído y luego embutirle un derechazo mientras era aplaudido por un coro de amigos.

            Sentí lástima y enojo por lo injusto de la escena. Algo me pedía que me moviera, que hiciera algo. Me empecé a revolver en un silencio interior para decidirme a intervenir. Sólo de pensarlo mi estómago parecía aplastado por una piedra. Miré el corrillo de chicos y chicas que hacían valla como si fueran el encordado del ring. Seguramente todos sentían lo mismo que yo pero, como yo, no se decidían a intervenir. También los que a lo lejos curioseaban el barullo pasaban de largo sin decir nada. ¡Qué peculiar es el ser humano! Todos éramos testigos y sentíamos el mismo rechazo ante la escena, pero nadie se decidía a intervenir. Entonces ¿qué hacíamos ahí? La situación era muy parecida a la que se da en los accidentes automovilísticos, la gente se va parando, preguntan, pero no por ayudar sino por satisfacer una curiosidad que, bien mirada, no deja de ser una bajeza. Sin embargo, ¿tenía yo que buscarme un problema gratis?.

            De pronto quedé aturdido por un:

- ¡déjalo!.

Sentí tronar el grito a unos centímetros de mi oreja. Era Luis. Caminó un poco y gritó lo mismo por segunda vez. Todos volvieron la mirada hacia nosotros. Me sentía como maniquí en aparador. Lo peor fue que el de la bronca y sus camaradas nos habían fijado la vista como sopesando un posible encuentro amistoso. Se hizo un silencio pesado, agobiante.

            Yo, que me había quedado inmóvil por la sorpresa, reaccioné y con unos pasos me puse a un lado de Luis. No sabía si la presión del momento robustecía mi seguridad o terminaría anudando del todo mi estómago. La desventaja era que ni siquiera estaba enojado; quizá el ánimo encendido habría ahogado el miedo y el nerviosismo que querían apoderarse de mí. Por las miradas de los otros presentí que el pleito cambiaba de protagonistas.

            - ¡Tú no te metas!. - Gritó uno de los acólitos queriendo congraciarse con el lidercillo.

            Luis era más bien alto y bien proporcionado. Su afición al deporte le mantenía en buena forma física pero no estaba acostumbrado a pelearse. Los ojos negros le daban una expresión cálida y amistosa a su rostro de facciones correctas y piel trigueña. Total, nada para intimidar a los de enfrente.

            - Oye, ¡déjalo! -. Insistió Luis, dirigiéndose al golpeador e ignorando a su amigo.

            Éste último se sintió humillado y casi se nos viene encima. Intervine con algunos gritos pidiendo calma. Lo único que logré fue que se hiciera un alboroto de voces. Ya presentía lo peor cuando de la masa anónima de espectadores vino la salvación. En lo que Luis hablaba con el tipo y otros calmaban al broncoso, terció una voz femenina:

- ¡Sí hombre, ya déjalo!.

Tras ella otras voces se animaron, la tensión se fue disipando y, después de un rato, cada quien se fue por su camino. Respiré y me dirigí al coche. Luis caminaba junto a mí y sonreía respondiendo a las palmaditas de felicitación que le daba en la espalda un desconocido.

Quisimos buscar a la muchacha que le apoyó en el momento más oportuno. A mí me encantó la idea. Su voz había salido de un grupo de chicas que presenciaron el espectáculo. Por el uniforme que vestían sabíamos que eran alumnas del colegio de monjas cercano al nuestro. Ya las habíamos visto otros días al salir del colegio. Una de ellas me tenía como mareado. En ocasiones anteriores había tratado de acercarme, de buscar a alguien que la conociera y me pudiera introducir, pero todo había sido en vano. Lo más que había logrado era enterarme de su nombre: Ana Fernanda. Sus amigas le decían Ana Fer. Una de sus amigas fue la que gritó cuando pensé que terminaría todo en golpes. Era su mejor amiga: Paola. "Pao" como le decían en el círculo de amigas. Imposible: se habían esfumado.

            De camino al coche no hablamos nada. Tampoco necesitaba escucharle. Una vez sentado al volante me sentí más relajado. Conecté la radio y sintonizó la canción "one" de U2. Respiré profundo y me dejé llevar por la canción. Luego le dije a Luis que me avisara con tiempo para este tipo de intervenciones.

- No es que las apunte en mi agenda - respondió.

- Sólo lo decía por si te va a dar por creerte Mike Tyson más seguido - bromeé.

- ¿Qué otra cosa podríamos haber hecho, Marco?. - Por un segundo no dije nada y sólo balbuceé:

- No lo sé.

 Me quedé pensando. En ese momento, algo dentro de mí me había pedido intervenir en ayuda de aquel pobre muchacho. No sabíamos si el Penalti había hecho alguna tontería provocando el pleito, pero era insoportable la humillación a la que lo estaban sometiendo. Alguien tenía que parar ese espectáculo. Decirlo era fácil pero en el momento hasta las piernas me temblaban. Yo estoy seguro de que también Luis lo pensó dos veces antes de intervenir pero él sí que supo vencer el miedo. ¡Cuánta razón tenía el Aguacate cuando en una de sus clases nos explicó que los seres humanos dejamos pasar grandes oportunidades a lo largo de la vida por nuestros miedos y nos definía esa experiencia tan humana del miedo como un cruel carcelero!. El Aguacate era nuestro profesor de física y le decíamos así porque tiene la piel muy morena pero los ojos verdes.

 

 

 

* * *   * * *

 

 

 

            Por la tarde fuimos a casa de Rafael. Cuando se trataba de juntarnos siempre era en su casa. En parte porque la mamá de Rafles nos daba muchas facilidades y parecía estar encantada con nuestro alboroto. Pero la verdad es que el carácter mismo de Rafael: su sinceridad y nobleza y esa rara habilidad que poca gente tiene para hacerse querer por todos, le hacían ser, sin proponérselo, el punto de referencia y reunión. Dos años atrás, su familia había vivido una durísima experiencia cuando su padre había fallecido en un desafortunado accidente de automóvil. El papá de Rafael era médico y desde hacía muchos años dedicaba todos los sábados a dar consulta gratis en unos pueblitos de gente muy humilde que se encontraban a media hora de la ciudad. Esa tarde de otoño el clima había cambiado repentinamente y se había puesto desapacible. Soplaba un viento frío y caía una lluvia finita que hacía el pavimento una auténtica pista de patinaje. Cuando ya casi estaba de regreso en la ciudad el chofer de un camión que circulaba en la misma carretera perdió el control y arrolló su automóvil. El papá de Rafael quedó en coma y así duró dos semanas hasta que murió sin recuperar la conciencia. Nosotros estábamos, como todos los sábados en la tarde, jugando un partido de fútbol de la liga municipal en la que nos habíamos inscrito. De momento sólo vimos que un tío de Rafael llegaba para llevárselo con muchas prisas, mojado y enlodado, camino del hospital. Durante esos quince días todos estuvimos muy cerca de él y nuestra amistad se estrechó enormemente. Durante meses Rafael arrastró una sombra de melancolía en el rostro que sólo los que le conocíamos bien notábamos y aunque tenía una hermana mayor y dos hermanos menores, no le gustaba dejar sola a su mamá. La Sra. Cecilia, mamá de Rafael, decía que prefería tenernos a la vista. Su casa era muy grande y al fondo del jardín había un salón de juegos, independiente del resto de la construcción que ella nos acabó prestando para que fuera nuestro centro de reunión.

Nos había dado libertad para decorarlo a nuestro gusto y, poco a poco, le habíamos dado una fisonomía que nos encantaba. El compromiso de nuestra parte era mantenerlo limpio y que nunca hubiera bebidas alcohólicas en nuestras reuniones. La entrada estaba presidida por un letrero de madera en el que se leía El Antro, pues así teníamos bautizado al lugar y, junto a la misma puerta, un rombo rojo de señalización para las carretera que yo había recogido de una obra abandonada, con la leyenda en letras negras: peligro, hombres trabajando. Dentro había unos cuantos sillones algo viejos alrededor de una mesa de poca alzada, un equipo de música con capacidad para aturdir al más sordo, banderines y cuantos souvenirs y fotografías de equipos de fútbol, básquet o fútbol americano habíamos ido consiguiendo. Cualquier objeto nuevo que se quisiera introducir en la decoración de el Antro debía ser aprobado por unanimidad de los presentes. En la reunión de esa tarde se trataba de decidir si participaríamos en el concurso de las compañías del carnaval o no.

            A mí siempre me había hecho ilusión participar en una. Me emocionaba ese ambiente que se vive en los ensayos; los preparativos de las vísperas; las intrigas para conocer lo que tienen preparado los demás competidores guardando celosamente en secreto la propia presentación.

            Yo no era aficionado al teatro, pero una compañía de carnaval era diferente: yo no hubiera sido capaz de memorizar un diálogo, y aunque lo consiguiera, los nervios me bloquearían en la representación. Pero aquí se podía improvisar casi todo. Era una especie de teatro cómico para aficionados. Las compañías eran organizadas por un conocido club social de la ciudad y participaban varios grupos en competencia por el premio. El jurado tenía que valorar la calidad de la representación, la originalidad, el vestuario y el argumento. Parte importante, que el jurado nunca dejaba pasar y valoraba especialmente, era que todas las representaciones debían dejar una enseñanza o moraleja.

            Total que la junta terminó pronto y se convirtió, como era previsible, en juerga y partida de dominó. Estaba decidido: participaríamos en las compañías. Aunque parezca increíble, el argumento que convenció a todos fue el de Chagui:

- Ya basta, ¡no hay que sacarle! - sentenció sin pestañear mientras apagaba un cigarrillo. A todos nos pareció una argumentación contundente. Chagui tenía frecuentemente esas salidas que nos sorprendían a todos. A los que llevan el nombre de Santiago, familiarmente suelen llamarles Chago pero a nuestro amigo le decimos Chagui por su parecido con un personaje de las caricaturas: alto, flaco, algo desgarbado; en su mandíbula cuadrada y algo prominente, vagan como perdidos y fuera de contexto unos cuantos pelitos. A Chagui le gustaba presumir de liberal y enemigo de protocolos y convencionalismos. Como los demás de la banda, era amigo incondicional.

           


 

 

                                                                                                                                                                                                       
Buscar
  Ok
Adoración por las Vocaciones
Hoy
(En tiempo GMT)
MediodíaSección Señoras Santa María de Guadalupe (Santiago,Chile)
MediodíaLa Natividad del Señor (Chile)
MediodíaSan Juan de Vitacura (Chile)
1:00 P.MLa Natividad del Señor (Chile)
Ver semana entera..

¿Qué es esto?...

Un apostolado de los Legionarios de Cristo y del Movimiento Regnum Christi al servicio de la Iglesia.

Microsoft VBScript runtime error '800a01a8'

Object required: ''

/content.asp, line 805