Querido Juan,
Si te haces sacerdote diocesano habrá muchísimo trabajo para ti, vas a servir con pasión a Dios y a la Iglesia y harás mucho bien. Lo mismo es cierto si te haces sacerdote religioso.
Si somos realistas, tenemos que darnos cuenta que la mole de problemas que hay en el mundo nos supera y que no podemos resolver todos los problemas por nuestra cuenta. Puede parecer frustrante, pero al decidirte por seguir el llamado de Dios hay que renunciar a muchas otras cosas buenas que se podrían hacer. Así somos los hombres: pequeños, limitados, frágiles. Y Dios quiere valerse de nuestro trabajo (que es realmente insignificante) para asociarlo a la obra de la redención realizada por Cristo y darle un valor infinito.
Tú te preguntas si debes ser sacerdote diocesano o religioso. La pregunta realmente debería ser ¿dónde quiere Dios que yo le sirva como sacerdote? Mira a tu alrededor y descubre las necesidades de la Iglesia y de las almas. Analiza cuáles encuentran un mayor eco en tu corazón. Ésa es una de las maneras como Dios puede hablarnos e indicarnos el camino que tiene para nosotros. Abre tu corazón para hacer la experiencia del esto es lo que yo tengo que hacer, esto es lo mío. No quiere decir que sea fácil. Y no conviene que identifiquemos, sin más, lo fácil con la voluntad de Dios. Ninguna vocación es fácil, tampoco el matrimonio.
Si todavía no tienes una idea clara de lo que Dios te propone como camino de vida, ve y visita tus opciones. Habla con el rector del seminario diocesano o con el superior de la congregación religiosa que te interesa, conoce a los seminaristas, ora con ellos, comparte su vida un poco, y ve dónde te sientes más en casa, en dónde se sacia esa sed de Dios que hay en tu alma. Ten presente que ambos caminos, el sacerdocio diocesano y el religioso, exigen la capacidad de sacrificio y una generosidad sin límites si quieres recorrerlos coherentemente, es decir, con el único deseo de ser, como Cristo, glorificador del Padre y salvador de almas.
Que Dios te bendiga. |